Proyecto de Rabat

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Quiero empezar diciendo que la experiencia de Rabat cambia la vida de las personas que la viven, tanto siendo chavala como monitora. Es un proyecto en el que dejamos todos nuestros prejuicios a un lado y comenzamos a empaparnos no solo de otra cultura sino de otra forma de vivir.

 

El choque cultural es abismal ya que estamos acostumbrados a ver la sociedad de una manera en la cual en Marruecos no están acostumbrados. La chavalería cambia su forma de ver las cosas y el monitorado acompaña mientras necesita ser acompañado. 

 

Pero no solo vamos a otro país, a otro continente a visitar, sino a convivir con personas que necesitan apoyo y que se les escuche. Proyectos diversos pero siempre con algo en común: dejar el lugar mejor de lo que lo hemos encontrado. 

 

Durante todos los años en los que Herri Aldea ha participado hemos vivido cuatro proyectos diferentes: el orfanato, Temara, Fundación Oriente-Occidente y el proyecto de la Paix. Este último solo se realizó el primer año en el que yo fui como chavala, el cual consistía en una colonia urbana donde mis compañeros jugaban, bailaban y dedicaban tiempo a muchos niños y niñas de allí. 

 

Un lugar parecido era la Fundación Oriente-Occidente en el que se estaba con niños y niñas de diferentes edades y se les cuidaba en una guardería a través de juegos y dinámicas. Además de ello, se daban clases de castellano a personas adultas para ayudarles a formarse. A la Fundación venían personas que en su origen eran del Sur de Marruecos o de otros países y les acogían tanto a los niños y niñas como a los adultos para acompañarlos y darles una vida mejor. 

 

Temara era diferente, ya que las personas tenían diversas discapacidades y la función del grupo era crear dinámicas y juegos para que realmente se sintieran personas dignas y llenas de cariño. Estas personas tenían sus familias e iban ciertas horas al centro para fortalecer sus capacidades y sentirse acompañadas. 

Por último, el orfanato era la experiencia más diversa, ya que como su nombre indica las personas que estaban allí no tenían familia. No solo había personas de diferentes grupos sino que también había personas que tenían discapacidades y la función del grupo era ayudar y acompañar. 

Las celebraciones y las oraciones no pueden faltar en una experiencia como esta y también ayudan a unir al grupo y a tener presente a Aita en todo lo vivido.

 

Las experiencias fueron muy duras pero a la vez muy gratificantes ya que la chavalería se sentía plena y realizada. Todo ello lo reflexionamos por las tardes haciendo lectura creyente de la realidad y compartiendo en grupos naturales y mezclados. 

 

No podremos olvidar los testimonios que hicimos ciertos días y que cambiaron la visión de muchas personas y que conmovieron a todos los grupos. Escuchar sus vidas, sus sufrimientos y su valentía llenaba la sala de lágrimas y de felicidad. 

 

 

Esta aventura ayuda a que las personas conozcan lo que es realmente servir y la empatía hacia el sufrimiento. Nuestro lema beti prest lo aplicamos para luego pasarlo por el corazón y ver qué podemos hacer en nuestra realidad cercana. 

 

Me siento muy orgullosa de haber vivido dos veces esta experiencia y la repetiría sin duda, por lo que invito a cualquier persona a que la viva y la pase por su fe y su corazón.

 

Irati Amezaga. 

Partekatu!